EddMad novat@

Registrado: 10 Ago 2008 Mensajes: 28 Ubicación: Madrid
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Asunto: Mayka salvaje Publicado: Vie 24/Abr/2009 2:39 pm |
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Mayka. Por EddMad
Por fin ha llegado el momento. Estamos a 27 de Diciembre y el pie del acelerador lucha con fuerza contra las ganas de pisar más fuerte. La intención sin duda de semejante acto sería el de llegar más temprano a la cita que tengo planeada desde hace más de dos semanas.
EL GPS me va indicando con su fría voz por dónde debo girar, seguir recto o parar. He llegado a mi destino: Meliá Olid.
No es muy tarde, apenas han repicado las campanas de un Iglesia cercana las cinco de la tarde cuando pongo mi primera huella en Valladolid.
Hemos quedado en la recepción de hotel, en una de las mesas de la sala de espera. Estoy nervioso. Ya se sabe que cuanto mayor es la expectativa mayor suele ser la decepción. Sin embargo tengo la sensación de que en absoluto voy a salir decepcionado.
Hace un frío polar. Valladolid es, con toda certeza, una de las provincias donde el Invierno se hace más duro y gélido. El golpe de calor en la cara hace que me adormezca mientras, con una pequeña bolsa de viaje y un ordenador portátil, giro la cabeza de un lado a otro buscando a la persona que he venido ver.
Su nombre es Mayka. Sólo la he conocido por Internet. La sensación de jugar con lo desconocido tiene aquí un doble papel. Por un lado, está la sensación de misterio, de morbo, de lo excitante que tiene no saber qué va a pasar. Por el otro, el miedo a lo desconocido, a las sensaciones nuevas, a las primeras impresiones, a los juicios y prejuicios.
Describirla es difícil. Físicamente es relativamente sencillo. Alta, delgada, buen culo y piernas de locura. Con ojos expresivos y dentadura perfecta. De alguna manera, al haberla conocido por Internet, tengo una imagen que es posible que no se ajuste a la realidad. Es una imagen de Mayka como persona, como ente, como “alguien que podría ser de cualquier otra manera y, sin embargo, ha hablado conmigo durante este tiempo”. Esa imagen me muestra a alguien decidido, con fuerza, ansiosa, deliciosamente caprichosa, inteligente, dominante. Dominante y sin embargo sumisa. Eso es algo que estoy a punto de averiguar.
Tal y como iba diciendo, entro adormecido en recepción. Sin embargo, ella no está por ningún lado. Por más que miro no aparece. Me siento en un sillón, resignado, mientras veo a la gente pasar. Al cabo de diez minutos, la puerta de uno de los ascensores se abre y aparece una figura que delata la insultante hermosura de una mujer firme, guapa, sexy… Se acerca a mí. Anda como una modelo. Me levanto. Me sonríe. Miro sus labios. Me ruborizo. Se acerca a darme dos besos. No reacciono. Miro sus ojos. Deseo. Chispazo. Primer contacto. La electricidad recorre mi cuerpo como un superconductor.
Es tal y como había imaginado. Su cara es perfecta, sin demasiado maquillaje, de piel suave. El pelo negro, perfectamente rizado se bambolea húmedo mientras acerca su rostro al mío. El roce de sus labios con mi cara, de los míos con la suya. Aprovecho el momento y aspiro profundamente para intentar recordar a qué huele una mujer en su más pura esencia. Respiro hondo. No quiero que este momento termine.
El pelo húmedo acaricia mi cuello. La sensación de frescor me despierta y salgo de mi ensoñamiento. El momento se me ha hecho eterno mientras observo, como desde la lejanía, cómo retiras tu rostro habiéndome dado sólo un beso.
Sigues sonriendo. Yo estoy paralizado y me siento incapaz de moverme. Finalmente, con decisión, me coges de una mano, tirando de mi, me susurras que podríamos dejar las cosas en la habitación.
Por fin mi cerebro da órdenes precisas y reacciono cogiendo la bolsa y el ordenador. No has soltado mi mano y me acabo fijando en la tuya. Dedos largos y finos, como de pianista finalizan en unas uñas perfectas, como con brillo mientras jugueteas con tus dedos en la palma de mi mano. Tengo miedo de que esté sudorosa por los nervios. Sin embargo, está seca.
Llegamos al ascensor, que en todo este tiempo (o al menos a mi me ha parecido una eternidad) no se ha movido y le das al botón de la octava planta mientras me miras. Alzas una mano y acaricias mi cara hasta que llegas a mi oreja. Te entretienes con ella y acercas tu rostro al mío. Los labios parcialmente abiertos, los ojos entrecerrados. Cierta respiración agitada. Nos abalanzamos uno al otro. Nuestros labios se rozan, se aplastan, se doblan. Nuestras lenguas comienzan una batalla por la ocupación de la boca ajena. Mis manos recorren tu espalda y llegan a tu cuello mientras las tuyas mueven mi cabeza de un lado a otro. Mis dedos se enredan en tu pelo. Ese pelo que me vuelve loco y en el que me perdería. Entro en él por tu cuello y por tu nuca. Mis dedos intentan recorrer todo lo que pueden.
Tus manos ya no están en mi cara. La lentitud del ascensor permite que tras 30 segundos de lucha hayas conseguido meter tu mano por debajo de mi camisa y acaricias mi cuerpo, llegando a mis tetillas. Las aprietas y pellizcas con las yemas de los dedos y las uñas. Mis manos también han salido de tu pelo para recorrer, rápidamente, el camino que lleva al punto donde la espalda pierde su bello nombre. Meto las manos por dentro de falda. Acaricio tus nalgas, que están calientes de la excitación y…
¡DING! Hemos llegado al piso. Las puertas se abren. La habitación no queda lejos Cogemos los trastos con prisa y dirigimos nuestros pasos hacia el alcoba que habrá de albergar una tarde y una noche de pasión como pocas ha conocido la Ciudad del Aceite.
Abres la habitación. Es preciosa y perfecta, pero no importa. Lo que importa es que de nuevo te abalanzas sobre mi. Dejo caer las bolsas. La fuerza me impulsa hacia un sillón que está en frente de la cama. Te sientas sobre mi y continuamos besándonos.
Llegado cierto instante que debías tener calculado, te levantas dejándome compuesto y sin beso (tan largamente deseado y por fin conseguido). Si dejar de mirarme comienzas un suave baile. Una suerte de vaivén que me deja hipnotizado. Tus curvas se mueven al son de una música imaginaria que ambos escuchamos y que no carece de cierto ritmo. Paseas tus manos por tus caderas subiéndolas lentamente hasta tus pechos. Los acaricias y estrujas suavemente. Das un giro quedando de espaldas. Aflojas tu falda sin dejar de moverte y dejas entrever parte del trasero que estoy deseando lamer, comer, besar y masajear. Levantas un poco la camiseta de espalda abierta que llevas y de un enérgico tirón desaparece cayendo rápidamente en el olvido. Te bamboleas y la falda recorre tus largas e interminables piernas dejando ver el tanga rojo que me habías prometido llevar esa noche. Cuando por fin llega al suelo, de un movimiento te deshaces de ella. Apoyas tus manos en la cama y mueves el culo incitándome a moverme y a tocarte. Pero no lo hago. Son las reglas.
Te das la vuelta. Y mientras das un paso hacia mi, alargas el brazo y me quitas suavemente la corbata. No me muevo, sólo me dejo hacer. Cuando por fin está en tu poder te pones de espaldas a mi y te arrodillas en el suelo. De esta manera tu cabeza queda justo a la altura de mis manos. Me das la corbata. Es suave, de seda. La coloco sobre tus ojos y hago un nudo. No ves nada en este instante. Te agachas del todo y llegas gateando hasta la cama. Trepas y te subes a ella. La imagen es gloriosa. Una hembra perfecta subiendo a una cama, con las botas de tacón de aguja, tanga rojo y corbata cubriéndole los ojos. Cuando has subido te tumbas boca arriba, y como si me mirases, subes la cabeza y sonríes con picardía. Abres tus piernas dejando mostrar la parte del tanga transparente que cubre tu sexo, depilado y perfecto. Sé que hay un clítoris suave y delicado esperando, tras ese minúsculo trozo de tela, a ser acariciado y lamido. No se hace rogar. Tus manos recorren tu cuerpo a cámara lenta, en una visión perfecta, como si fueran barcos sobre un mar eterno. Ejecutan peripecias en cada ondulación, en cada ola, en cada bache. Muerdes tus labios despacio, regodeándote en la fuerza y en el sutil dolor que te produce el mordisco. Una de tus manos, furtiva, se acerca por tu ombligo hacia su destino. Recorres con tus dedos el coño húmedo mientras el tanga se va empapando en fluidos provenientes de ti y que inundan mi nariz con un suave olor a sexo y excitación.
Frotas con lentitud por encima de tan delicada pieza de lencería mientras gimes bajito. Atrapas un pezón, rosadito y perfecto y lo pellizcas. Juntas ese miserable y escaso momento de dolor con el de tus labios. Con otro dedo presionas el tanga hacia dentro de ti, haciendo que más flujo quede atrapado en él. La otra mano ha cambiado de pecho y ahora tortura suavemente al otro.
Mientras tanto, yo estoy quieto. Contengo mis ganas de ir y follarte. A duras penas aguanto mientras mi polla palpita dentro del pantalón ansiosa como un perro delante de un trozo de carne.
Tú no has parado. Tu mano ya no está acariciando delicadamente tu coño por encima del tanga. Ahora se desliza sin pudor entre el tanga y tu cuerpo cogiendo cada vez más velocidad. Tu otra mano tampoco está en tus pechos. Ha bajado e intenta, sin mucho éxito, sacar el tanga por la vía normal. No lo consigues y finalmente lo arrancas con furia. Queda ante mi el paso siguiente a la eroticidad contenida: la eroticidad explícita. Excitante y salvaje. Dos o tres de tus dedos entran y salen de ti a cierta velocidad. Una línea de flujo recorre tu perineo llegando al oscuro rincón de deseo. Lo lubrica. La mano que arrancaba el tanga momentos atrás se ocupa ahora de extender el flujo en círculos por tu ano, que palpita ante el contacto de las yemas de tus dedos sobre el.
Yo sigo quieto, como petrificado, observando el espectáculo que me brindas.
Tu mano sigue metiendo, no sé si cuatro dedos con furia mientras la otra ha conseguido su objetivo y lleva ya una falange de tu dedo medio introducido en tu culo. Lo dejas ahí quieto, notando como se contrae el ano con la sensación de un orgasmo inminente.
Y paras.
Te incorporas bruscamente y te quitas la corbata que hasta ahora cubría tus ojos. Me miras con furia, como con rabia. Como con dolor contenido. Te acercas y me coges una mano. No sé cómo has podido parar. Tu coño parece un mar de lo húmedo que está. Llevas mi mano hacia tu entrepierna y empapas mis dedos en tu flujo. Sube mi mano un poco y agachas tu cabeza para lamerlos con fruición, saboreando tu propio placer mientras eres consciente del que me estás proporcionando a mi.
Abres mi cinturón y me arrancas la camisa. Los pantalones y la ropa interior casi caen solas y te subes en mi. Mi pene está ansioso por conocerte. Te introduces directamente. Profundo.
Te habías quedado al borde del orgasmo y ahora te has propuesto terminarlo. Subes, bajas, me besas. Detecto tu sabor y lo cojo directamente de tu lengua mientras me miras a los ojos suplicándome que no me corra. Te viene, aceleras, tu corazón palpita. Gimes, chillas, me coges del cuello y me tiras del pelo. Acercas tu cara a la mía y me dices que lo necesitas. Que necesitas sentirte follada y que te vas a correr. Lo noto. Tu vagina palpita y se estremece alrededor de mi mientras una gran cantidad de flujo sale de ti inundando todo con un olor a excitación que me vuelve loco.
Te quedas sentada en mi regocijándote en tu propia felicidad mientras mi polla exige que se le haga caso.
Casi no pesas. Te levanto y te miro mientras te llevo hasta la pared y te aplasto contra ella. Mi pene rezuma flujos tuyos, y aún así, cojo tu mano, la llevo a tu coño y recoges parte del flujo que todavía sigue manado. Dirijo tu mano a tu culo y lo lubricas sabiendo lo que toca.
No has sido buena. Has velado sólo por tu orgasmo dejándome ahí, sin hacer nada. Ese pensamiento vuelve hacia mi una y otra vez mientras dirijo el capullo a tu puerta trasera.
Fóllame, me dices.
No me lo pienso dos veces. Sin prisa pero sin pausa me introduzco en ti. Tu mano está continuamente acariciándote. Respiro en tu nuca. Te digo al oído que todo lo que he querido en este tiempo es follar contigo. Follar así, y no de otra manera. Me respondes que lo sabes, que no pare, que te folle fuerte el culo.
Lo hago. Te duele y aguantas. Gimes. Tus dedos frotan rápido tu clítoris buscando un nuevo orgasmo que acompañe a esta penetración anal que cada vez es más fuerte. Retrocedo y vuelvo a la carga. Ya sin miramientos. Las embestidas hacen que aún tengas que ponerte más de puntillas. Tus movimientos son rápidos. Tu cuerpo empuja hacia el mío buscando más penetración. Noto de nuevo tu orgasmo. Tu culo se contrae con espasmos alrededor de mi polla que ya no aguanta más.
Te corres. Te corres como una bestia entre sudor y fluidos. Entre besos y susurros.
Me corro. Me corro como si fuera la última que fuera a follar en mi vida. Todo mi semen sale disparado hacia tus entrañas. Las últimas embestidas te empotran en la pared.
No paras de frotarte. Salgo de ti mientras sigues apoyada en la pared, y veo como un pequeño río de semen escurre entre tus muslos. Mientras te frotas con una mano, con la otra recoges el semen de tus muslos, que no para de salir de tu interior, y lo llevas a tus labios mientras lames tus dedos. Es una visión excitante y hermosa.
Nos dirigimos a la cama y nos quedamos tumbados en ella.
Me abrazas y me rodeas con tus largas piernas mientras intento calmar mi corazón.
- Bueno, yo soy Eduardo. Encantado.
- Yo Mayka, es un placer – Dices mientras me besas los labios.
- Quizá deberíamos cenar.
- Quizá. Pero antes, pon un par de copas.
- Eso está hecho – Digo mientras saco lo que hay que sacar.
- Y después, cenamos.
- Cenaremos. Y a ver qué pasa en el restaurante. |
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